jueves, 25 de julio de 2013

Historia 1.




“Los remordimientos de conciencia son solo cuestión de costumbre.”
Donatien Alphonse François de Sade.






Pozoblanco, Córdoba, 29 de Julio del 2009.


Unas manos de hombre consultan su teléfono móvil después de dar el último trago a un café con leche en la cafetería de una gasolinera de carretera secundaria. Ha recibido un mensaje de texto apenas cinco minutos antes.

“Estoy vestida solo con esa crema de Lush de jazmín que tanto te gusta; tumbada en la cama, esperándote ansiosa. Date prisa.”


El mensaje no daba lugar a equívocos, ella aguardaba en la habitación del hotel dispuesta a no andarse con rodeos. Los prolegómenos eran cosa de gente que duda de lo que debe hacer para así tener un margen y arrepentirse si no le gusta lo que prueba, principiantes los llaman, pero aquí ya no había ninguna duda. El deseo que sentían el uno por el otro, las incontables charlas cargadas de sexo por teléfono habían disipado cualquier duda de si lo que hacían era correcto o no. Eran un par de amantes sedientos del cuerpo del otro y habían confirmado que lo que hacían era lo que querían hacer desde la primera vez que él le había practicado sexo oral en los aseos de aquel bar sin que ella se lo pidiera con palabras pero sí con su boca.


El hombre paga el café y el depósito de gasolina. Contesta al mensaje mientras camina hacia su coche.


“Estaré allí en cinco minutos. Deja la puerta sin pasar el cerrojo, pon el aire acondicionado a 19 grados y espérame debajo de las sábanas. En media hora estaremos sudando.”


Entra en el coche, pone el teléfono en el asiento del copiloto y antes de arrancar recibe otro mensaje. Lo lee.


“Una parte de mí ya exuda.”


El hombre sonríe la dulce barbaridad y emprende la marcha. Va dejando atrás las hectáreas y hectáreas de paisaje típico andaluz que pueblan esos montes. Ya casi ha llegado. Cruza el pueblo y el GPS, cómplice, le susurra en voz baja:

- Ha llegado a su destino.

Es un hotel rural, escondido como un amor entre casados que no lo están entre sí.

Se han visto decenas de veces en los más de cinco años que duraba ya su relación clandestina pero cada vez que la veía temblaba como un adolescente. El hombre contaba ya 39 años pero vivir esta vida le hacía quitarse quince años en cada encuentro. Por fin entra en la recepción del hotel.

- Buenas tardes. Por favor, ¿la habitación de la señorita Curni Lof?


La recepcionista, una chica de unos veinte años, con gafas de pasta de montura negra a lo Scorsese, mira la agenda y se sonríe. Ya ni siquiera elaboraban sus nombres falsos.


- Claro. Es la número siete. Subiendo las escaleras al final del pasillo.

- Muchas gracias.

- De nada, señor...

Señala al libro de registro con una mueca burlona.

- Oh, sí. Disculpe. Pessoa, Elvis Pessoa.

La chica y el hombre se miran y sonríen al mismo tiempo. Aquél sí que era un nombre de pena.


Sube los peldaños de dos en dos. Su corazón y él atraviesan el pasillo a galope. Llega a la habitación y agarra el picaporte, tira de él. La puerta emite un leve quejido y se abre. Se oyen unas piernas rozándose con las sábanas mientras se recogen. La habitación está en penumbra, alumbrada solo por la incandescencia de cinco o seis velas. El aleteo de las pequeñas llamaradas le confieren a la estancia un movimiento sensual. El hombre habla y se dirige a alguien que todavía no ha visto.

- No digas nada. Túmbate de lado mirando a la ventana. Dame la espalda.

La mujer de dentro de la cama dice socarronamente:

- Hmmmm... Apuestas fuerte, cucharita.

El hombre no contesta, habla por él el ruido de la hebilla de su cinturón al golpear el suelo. Está completamente desnudo y entra en la cama.


Sus manos van a las piernas de ella y su boca a su espalda y su cuello. La acaricia con las yemas de los dedos mientras que con la punta de su lengua le dibuja círculos por toda la vertical de la espalda. Ella empieza a gemir y trata de darse la vuelta. Él se lo prohíbe con sus fuertes brazos porque quiere retrasar algo más el momento de verse, algo que lleva más de ocho meses sin ocurrir. En un momento de descuido la cautiva logra zafarse del varón desnudo que está haciéndole erizar la espalda con sus lametones, le agarra la cabeza con sus manos a ambos lados y pone su cara a la altura de la suya. Escudriña cada centímetro de su rostro:

- Estás guapo de doler, cabrón.

- Me he puesto guapo en la distancia que separa la recepción de tu cuerpo. Antes venía feo y ojeroso.


Dicho esto ella se coloca encima de él y empieza a besarle con fruición. Con la fuerza de una pura sangre. Sus lenguas chocan como el mar y un acantilado, se chupan los labios, gimen. Ella frota su sexo con el suyo, sin introducirlo en su humedad, mueve sus caderas adelante y hacia atrás. Él le agarra los pechos y se los lleva a la boca. Se muerden en el cuello, en los labios. Respiran con furia. Ella se zafa de nuevo y se coloca boca arriba. Le agarra de la cabeza, deja pasar entre sus dedos su pelo corto y mirándolo con picardía le dice:

- La mesa está puesta. A comer, cariño.

Él, que es todo un caballero, obedece con presteza de lord británico. Retira las manos de ella de su cabeza y las coloca en la cama, extendidas en cruz. Va a crucificarla de placer. Le besa la boca, luego en el cuello. Besos ligeros, besos que no son protagonistas pero dejan claro que son la antesala de algo grande. Llega a su pecho y lame sus pezones, estos le devuelven el saludo y se erizan. Entonces los muerde. Una de las manos del hombre se ha escapado y ya investiga en la ingle de ella. Se mezclan los placeres de la boca y los dedos. Serpentea con su lengua en cada una de sus tetas para luego seguir el camino hacia la humedad que sabe le espera unos pocos centímetros más abajo. Pasa por alto su pocillo umbilical, desdeña ahora una oquedad a la que más tarde le dará uso como receptáculo de sus fluidos... Y por fin llega a esos otros labios.


Se detiene ante ellos, acaricia con sus dedos su pubis depilado y los abre. No hace nada, únicamente acariciarlos con su respiración. Se queda quieto esperando la reacción de ella que no tarda en llegar.

- Chúpame, por dios.

Y acto seguido el hombre se lanza a su coño como un león al cuello de un antílope. Los lame con fuerza. Su cabeza va de lado a lado chocando con la cara interna de sus muslos. Ella se agarra a las sábanas y grita sostenidamente. Él observa que se contiene y le dice:

- Grita, aquí no hay vecinos.

Y ella se entrega por completo en un grito que parece reservado al momento del orgasmo. El hombre lame su clítoris mientras que con sus dedos índice y corazón la penetra rápidamente. El sonido de la fricción sexual se traduce en un “flop, flop, flop” que se repite infinitas veces. Martillea sin descanso en sus entrañas mientras ella mueve sus caderas pidiendo más, más y más. La respiración de ella no cesa, continúa en un perfecto in crescendo que presagia algo grande. Con la mano que le queda libre el hombre la aprieta por todo su cuerpo, en las tetas, en las caderas, debajo de sus nalgas que las aprieta con fuerza. Y entonces ocurre lo inevitable.

- OH, DIOS, OHHHH, OHHHH... HMMMM... Voy a correrme...

Bastan solo las palabras mágicas para que ocurra el milagro. Él las pronuncia.

- Córrete en mi boca.

Y entonces sucedió. Ella comenzó a sacudirse sin poder evitarlo, sin querer evitarlo. Él agarra sus manos con fuerza y la acompaña en sus movimientos convulsos, de éxtasis.

- ARRRRFFFFFFFFF, BUFFFFFFF, QUÉ RICO... HMMMMMM.... ¡¡DIOS!!


Él sabe que ella ahora experimentará su fase de meseta, un prodigio con que la evolución premió a las mujeres para que disfrutaran sin límites de su sexualidad.

- Ponte a cuatro patas. Voy a follarte a saco, hasta que llamen a la policía acojonados por nuestros gritos.

Ella no dice nada, sigue corriéndose en pequeños orgasmos clitoridianos que sacuden eléctricamente su entrepierna mientras atiende las demandas de su amante. Él agarra su polla y la pasea desde su clítoris hasta el agujero húmedo de su coño. Repite la acción varias veces hasta que se clava en sus entrañas haciendo un ruido sordo. “FLOP”. Ella aprieta su vagina, lo envuelve, no quiere que se escape. Él lo sabe y no irá a ninguna parte. No al menos hasta que haya vaciado su néctar en cualquier parte de su anatomía. La agarra de las caderas y acomete sin parar durante varios minutos. Sus tetas van y vienen en el movimiento más sexual del mundo, él las agarra, le da palmetazos en el culo, le araña en la espalda, le tira del pelo. Los dos gimen como animales, el placer por el placer, totalmente primitivos, entregados. Ella se ha corrido varias veces más. Él está a punto de hacerlo, ella lo sabe. Ha notado que la folla más despacio.

- ¿Dónde quieres correrte, cariño?

- En tus tetas. Ya sabes el rollito dominación como me mola. Soy el Señor Grey sin dinero para comprar látex negro.

Dicho esto ella se retira, gira sobre sí 180º y siguiendo a cuatro patas comienza a chuparle la polla. Él le agarra del pelo con fuerza pero sin dañarla. Se pone de pie en la cama, ella de rodillas y entonces su respiración comienza a entrecortarse, a respirar atropelladamente. Es inminente, va a correrse y va a hacerlo en sus preciosas tetas. Entonces sucede.

- Joder, joder. ¡¡JODERRR!!

- Dámelo, vamos, dámelo ahora a mí en mi boca.

Y tras un grito que casi es un aullido él empieza a correrse en varios golpes de leche blanca y caliente que ella recibe en su pecho y que se escurren hasta su ombligo. Tal y como él había imaginado. Luego los amantes se ríen; hay gritos al llegar al orgasmo súmamente ridículos y este había sido uno de ellos. Se tumban juntos y se besan. Yacen abrazados haciendo balance de lo mucho que esa relación enriquecía sus vidas. Ya no piensan que hagan nada malo, ellos quieren sus matrimonios respectivos pero ya no aman a las personas que lo integran. Se aman entre sí. Algo a lo que no pensaban renunciar mientras pudieran. Entonces él le dice:


-¿Echamos otro?

- ¡No hay huevos!

- ¡¿Que no?!


Y acto seguido se enroscaron abrazados mientras reían dando tumbos de lado a lado de la cama. Como dos verdaderos quinceañeros.

4 comentarios:

  1. mientras permanecemos impacientes a la espera de tus siguientes entregas... te releo y pienso que cambiaría la última frase... pues nada de quinceañeros, nos ofendes¡¡¡ bueno, ya lo sabrás más adelante, joven, que ni la locura ni la risa tienen fecha de caducidad ¡¡¡

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  2. ¿Y las otras cinco historias?

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  3. Estimado anónimo.

    El autor atraviesa un periodo de horror vacui creativo. Espero que pronto se le (me) pase y retome (yo) el blog.

    Gracias por el mensaje!

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  4. Estaré pendiente.

    Gracias a usted.

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